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lunes, 22 de agosto de 2011

PÁGINA EN BLANCO

A veces cuesta mucho escribir, dejarse llevar por la corriente de las palabras.
A veces el escritor se refugia en la obra ya hecha, en lo sólido y conseguido, y teme lanzarse a la corriente del río / ponerse a trabajar en un nuevo libro.
Varios proyectos me rondan ahora la cabeza y  no sé por cuál decidirme. No acierto a adivinar cuál es el sendero que debo seguir. Acabo de despertar en la penumbra.
De lo único que estoy seguro es que tengo que volver a la palabra escrita y leída, ya que forma parte de mi oficio.
Para dar fruto (libros) hay que dedicar mucho tiempo a la escritura pausada y silenciosa.
Hay que engrasar de nuevo las piezas de la pesada máquina verbal, convertirlas en líquido.
Otras veces, sin embargo, escribir parece fácil: basta con dejarse llevar, con apretar un interruptor imaginario.
Hoy, por desgracia, no es un día de esos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

CON PERMISO DE GARCÍA MÁRQUEZ

Cuando el coronel Aureliano Buendía se enteró de que había recibido una carta urgente, venida expresamente de la Capital, no se hallaba frente al pelotón de fusilamiento como él hubiera deseado, ni levantando revoluciones imposibles por los cerros de Macando.En realidad, se encontraba en el porche de su casa desmoronada, viendo atardecer sentado en una hundida silla de mimbre.
Cuando el coronel Aureliano Buendía rasgó el sobre oficial para leer con avidez su interior, todavía tenía esperanza de que el gobierno se acordara de él y de los otros viejos oficiales que habían combatido a su lado. Pero ahora todos eran viejos, ancianos olvidados, unidos en la misma soledad.
Cuando el coronel Aureliano Buendía leyó con dificultad las primeras líneas del escrito, redactadas en un lenguaje técnico y endemoniado, la misiva le pareció un jeroglífico imposible de descifrar, como los mensajes cifrados de las nubes rojas del atardecer.
La carta le mantenía el tratamiento de coronel - y eso le agradó, ya que hacía años que nadie le llamaba así. Se sintió de nuevo poderoso e importante, como un gallo de pelea en medio de un ardiente coso de arena. Pero él tenía las plumas desgastadas y sin brillo, y desde hacia tiempo había perdido el brío para pelear como en sus tiempos de fiero militar.
Siguió leyendo la carta, ajustando su cansada vista a los rectos renglones gubernamentales, pero no se hablaba en ninguna parte de la pensión, ni de la entrega inmediata de ninguna cantidad de dinero.
De repente, se sintió más solo y desgraciado, como arrojado a la suerte del destino, como el sangrante Sol que declinaba tras los cerros de Macondo.
No sólo el gobierno le rechazaba, sino también la fría noche que crecía a sus espaldas.

lunes, 23 de agosto de 2010

LOS NUDOS DEL TAPIZ



Una obra literaria, como cualquier tapiz colgado en las paredes de un museo, puede mirarse de dos maneras distintas: por el lado de la trama de hilos o del dibujo que forman. A la mayoría de los visitantes/ lectores, por supuesto, sólo les interesará el lado visible, el del dibujo donde resplandece la belleza. Sin embargo, al artista/escritor le interesará mucho más el envés, el lado que no se ve expuesto y a la vez sostiene los hilos que conforman la obra.

Los nudos del tapiz no son sólo técnicas o artificios heredados de una tradición, sino que están hechos también con el sudor y la sangre del artista. Por ejemplo, en la poesía de Miguel Hernánzdez los nudos del tapiz son tan gruesos y visibles, que llegan incluso a borrar el dibujo que crean. Góngora podía componer los más bellos dibujos amorosos del Barroco, pero nos dejan fríos...¿por qué?

El misterio de la obra literaria radica más en el envés, en el trenzado de esos nudos, que en la forma del dibujo. Nudos que abren heridas y cortes en los dedos, que no deben realizarse de una manera mercantil o mecánica, sino como un artesano que cuida con esmero cada hilo que anuda entre sus manos.

lunes, 16 de agosto de 2010

LA ISLA DE HIELO


A veces la página de un blog se parece mucho a una isla de hielo, que se mueve bajo la mirada de nadie, por un mar invisible. Las olas oscuras se encrespan a sus costados, le lamen con su sal corrosiva, mientras que la luna le anuncia su muerte, cubriéndolo con su luz mate y amarillenta de naipe. Pero el iceberg sigue avanzando con lentitud, derritiéndose a cada paso, a cada impulso, como las palabras que un tartamudo no termina nunca de pronunciar en los labios.

A veces la escritura se tiñe de cansancio y de desánimo, de hielo malsano. A veces escribir nos sumerge en nuestro vacío, como una manos ansiosas que no encuentran nada en los bolsillos.

El escritor comienza donde terminan sus libros. La escritura siempre es la palabra siguiente, la que no está dicha, la que nos amenaza con su fracaso, con no conseguir nunca su forma definitiva.

A veces escribir se parece mucho al final del verano, cuando las playas se quedan desiertas y el viento en remolinos nos recuerda el frío como un negro heraldo.

En la noche marítima, la isla de hielo continua avanzando por el mar invisible. Sabe que su dicha es entregarse, dejar de ser hielo blanco, para acabar formando parte del oscuro mar que, con su áspera lengua, le lame y le derrite.